“La Chipa más larga del mundo” es un proyecto transmedia realizado por los alumnos del taller de introducción al podcasting del Centro Cultural de España Juan de Salazar, en Marzo y Abril de 2019.

Varias autoras y autores nos ofrecen una perspectiva diferente a través de medios distintos dentro del mismo día en texto, fotografía, vídeo y audio. El proyecto se realizó como apoyo a la celebración vecinal de “La Chipa más larga del mundo” durante el jueves santo de 2019 en Pelopincho, dentro del barrio popular de Chacarita en Asunción.

 

Mirada 1: PELOPINCHIPA. Relato por Rocío Díaz.

Ese día esperé mucho, mucho el bus. Era normal para un día feriado. Era feriado porque es Jueves Santo. Y seguro que voy a llegar tarde. Las calles están vacías, solo algunas personas se divisan a lo lejos. Por fin llega un bus.

Llegué al punto de encuentro. Decidí esperar en un café a otra integrante del Taller de Radio y Podcast, que también se había demorado. Decidí esperar porque nunca antes había entrado al barrio y solo había escuchado referencias negativas del lugar. En la cafetería sonaba una cachaca matutina. Las chicas están limpiando el local, espero no molestarlas porque preciso hacer hora. Al fin llegó a quien esperaba y emprendimos la caminata rumbo al evento.

El barrio nos recibió desde la entrada con colores, ¡muchos colores! Y la amabilidad de los pobladores que venden sus mercaderías frente a sus casas. Había niños correteando y niñas que gritaban impávidas. Entramos en la cancha donde los preparativos para elaborar La chipa más larga del mundo hecha por la comunidad de Pelopincho, se llevaba a cabo desde temprano. Observamos el lugar. Vemos gente llegar y otras que están en plena labor.

“¡Manos de hombre!” grita una señora de diversos tatuajes en los brazos, mientras acomoda el horno, una especie de túnel de hierro con cuatro manijas del mismo material. “Casi me sacás el brazo” “>gritó otra doña que trataba de bajar el túnel al camino subterráneo de fuego que encendían otras personas. ”Ha eje’i”, dijo el hombre que llegaba a ayudar. “Es pesado, te dije”, sentenció una señora a un niño como de diez años que también intentaba dar una mano.

Hay niños y niñas jugando por doquier. Una niña que corría entre los túneles, se golpeó la cabeza. Sus “kompí” se quedaron estupefactas, quietas. “Tiene un chichón”, gritó una niña; “Ndira”, dijeron las otras en coro, al tiempo que se alejaban lentamente. Sin embargo la curiosidad les podía más y solo se alejaban lo necesario, para poder seguir observando. Un niño pequeño, de más o menos seis años de edad, sostenía la tapa de unos de los túneles, aguantó un momento y luego la dejó reposar sobre una muralla verde un poco curtida. “¿Ustedes nunca vieron chipa?”, preguntó la señora de brazos tatuados al grupo de personitas, que al escucharla, huyeron despavoridas.

Llegó un hombre vestido de tonos negros, llevaba una guitarra en la espalda. Detrás de él, apresuraba el paso una señora de remera roja y calza gris, se acercó a comentar algo sigilosamente a la señora de los brazos tatuados, que preguntó a viva voz: ¿Máva omano?… hubiese tenido la primicia de aquella noticia, pero en ese preciso momento, cuestionó un niño la labor que estaba realizando: – “¿Ese qué es?”. ¿Qué cosa?, le pregunté. “¿Y lo que estás haciendo!”, inquirió. “Estoy escribiendo”, le respondí. “A ver”, insistió. Le mostré la libreta de apuntes y él me dijo su nombre, que tiene ocho años y va al 3° grado. Me devolvió la libreta y cuando quise continuar se acercaron varias amistades suya a cuestionar lo mismo. -”¡Vos escribís sin mirar!”, exclamó una niña sorprendida. – “A veces”, le respondí.

Y se esparcieron velozmente. Divisé la mesa del evento principal y un hombre amasaba la preparación de la chipa. Al costado derecho de la mesa había otro grupo de personitas jugando. Se sentaban en ronda y conversaban o se reían gritando.

Para cruzar hacia el lado del escenario, era necesario saltar sobre el camino de fuego, una excavación larga, angosta y un poco superficial. Los hombres ponían más leña al fuego. Me dirigí al escenario, que está siendo montado por el equipo de Ondas Ayvu. Ahí hay más niñas, están sentadas algunas; otras, saltan. Saludé a una de ellas que miraba con curiosidad mis anotaciones. “El humo”, gritó una, mientras sacudía las manos al aire. Terminaron por abalanzarse con todo el aburrimiento que llevaban a cuestas, sobre mí. Examinaron el lápiz que estaba utilizando, la libreta de anotaciones, la pañoleta lila que me cubría el cabello y cuando hubieron terminado su curiosa revisión, jugamos teléfono cortado y cuento encadenado. Se acercó hasta el nuevo grupo de juegos improvisados, Mateo, uno de mis compañeros del taller. El grupo de niñas se vio integrado por niños, que hacían curiosas preguntas al mencionado integrante del equipo: ¿Tu bigote es de verdad, inquirió una niña boquiabierta, casi anonadada. Él sonrió, mientras ella estiraba sin precaución los vellos que llamaron su atención. Lanzaron una carcajada porque la expresión de dolor del portador era casi caricaturesca.

¡Por fin llegó la payasa!, dijeron en coro y se dejaron ir impetuosamente sobre ella, prácticamente el bullicio y la algarabía de la horda de personitas impacientes, terminó por llevar a la estrella de las risas hasta el salón del Centro Comunitario.

Me dirigí al salón del Centro Comunitario, a donde se habían ido. La payasa estaba dirigiendo un juego de rondas y a los participantes se los veía muy felices. El salón es bastante amplio, fresco y cómodo para las actividades dinámicas que propone la payasa. Escucho:

¿Quieren  jugar o pintar?, preguntó risueñamente la payasa.

¡Yo quiero pintar!, respondió una niña.

¡Yo también!, se abalanzó otra.

¡En mi casa yo juego luego siempre!, refunfuñó un niño mientras retiraba un dibujo.

Se acomodaron cómodamente acostados en el suelo, y comenzaron a desplegar sus dotes de artistas plásticos.

Salí por la puerta lateral. Se encontraba el equipo humano de Ondas Ayvu. Probaban el internet y los micrófonos. Comenzó la entrevista a Magno Lezcano, locutor de Radio Costa de Chacarita, forma parte del grupo “Chacarita resiste”, dicha agrupación lleva a cabo varias actividades en pos de la mejora del barrio. Un grupo de personas los rodean. Algunas graban para su historia de Instagram; otras, escuchan atentamente la entrevista. Algunos jóvenes apostados al lado del escenario, conversan y sonríen, un momento antes, estaban entregando remeras a las mujeres lugareñas.

Una señora comentó que este año hubo mayor concurrencia de la gente, pese a no ser un evento multitudinario como se esperaba. Son las 12:00, arrancó la prueba de sonidos. Los niños y las niñas terminaron el taller creativo facilitado por la payasa, y salieron disparados con casi el mismo ímpetu con el que habían entrado momento antes. Los técnicos y ayudantes de Ondas Ayvu, trataron de contener a la manada felizmente hiperactiva, que por poco se llevaron por delante los equipos de audios. ¡No se puede contener la alegría, señor!, pensé.

En el otro extremo del predio, las personas ponen ladrillos huecos en una parte de las brasas. Arrancó el concierto, Jhonny Lugo desplegó su talento musical interpretando una música paraguaya. Terminó su presentación con dos boleros dando fuerzas a Pelopincho, un barrio dentro otro barrio. Los señores comenzaron a bajar los túneles. No posan los túneles sobre los ladrillos, eran solo para que el fuego no se sofocara. Un equipo del infaltable tereré reposa al lado de los ladrillos apilados. Una parte del túnel está en el fuego. Los señores paran el trabajo para aplaudir la interpretación de una música de Jacinto Bianco, un lugareño que falleció y que en vida impulsó el arte de la música en el lugar.

Con un palo alinean el túnel en el fuego. Ya salió la primera tanda de chipa. Una señora la dividió en trozos iguales y los acomodó en una bandeja para convidar sin espera, a las personas curiosas que la rodeamos. “Primero la visita”, dice y nos ofrece para deleitar la preparación tan esperada. Saboreo la chipa, está crocante, calentita y con la sal en su punto exacto. ¡Demasiada rica! Los hombres sacan otro extremo del túnel y las señoras confirman que la chipa está lista. Lo sostienen sobre los ladrillos.

Suben a amenizar el evento Purahéi Soul: “¡No cabe tanta alegría en el pecho al ver la chipa más larga del mundo!” con mucho ímpetu, comenzaron a elevar los ánimos de todas las personas. Los niños, las niñas y los jagua rodean el escenario por detrás, porque el calor del sol estaba bravísimo. Pese a eso, un pequeño grupo de niños y niñas se aglomera frente a los artistas. Purahéi Soul culmina su presentación. Reciben los aplausos merecidos. Los hombres bajan otra parte del túnel para que siga la cocción. Converso con Miguel Narváez, integrante de la banda, está súperfeliz por compartir este evento, le gustaría hacerlo más seguido, pues apoya las reivindicaciones del barrio. Por otra parte, Jennifer Hickz, también integrante del dúo, menciona que está muy feliz por venir, que también le gustaría acudir más seguido, porque le entusiasma la solidaridad de los vecinos, “son ejemplo, me hacen sentir muy orgullosa” finaliza. Al mismo tiempo, se acerca una lugareña, que ofrece la segunda tanda de chipa. Los artistas fueron entrevistados por el equipo de Ondas Ayvu, finalmente posaron para la foto, junto a las cocineras, los avivadores del fuego, las personas invitadas, el plantel de productores de Ondas Ayvu y los curiosos, al son de: ¡Sí se pudo!

El grupo Tarambana subió al escenario para arrancar su presentación e ir cerrando la actividad. Las cocineras acompañaban el concierto tocando instrumentos invisibles con sus cubiertos. Los niños y las niñas se aglomeraron cerca del escenario, bailando y aplaudiendo. Los señores seguían sacando los túneles que quedaban en la excavación de fuego. Finalizó el concierto, conversamos con Santiago Romero, vocalista del grupo, que mencionó su sorpresa respecto de la actividad. “nos sentimos muy a gusto, como en nuestra casa”, puntualizó.

Pelopincho, ese día nos demostró que la labor, la solidaridad y la perseverancia son ingredientes necesarios para la realización de este tipo de actividades, están forjando la otra cara de la moneda, la cara de la cultura, del respeto y de continuar con la tradición de las familias paraguayas en Semana Santa.

Nos dieron la oportunidad de cerciorarnos personalmente que Pelopincho, es un barrio repleto de historias que contar, de personas honestas, de niños felices, y por sobre todo que están abiertos a realizar actividades conjuntas en pos de que la unión y la igualdad reinen en el Paraguay.

 

Mirada 2: Abuelas y niños.  Serie fotográfica por Mateo Mercado.

 

 

Mirada 3: Santa miscelánea. Video por Alfredo Alvarado.

Mirada 4: Charlando con los vecinos. Entrevistas por Claudia Isabel Baez Zayas y Sidiley Nar.